29 abril 2018

Reflexión Dominguera (Dos clases de fe)


Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.  Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Más quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? (Santiago 2.17-20)


Santiago describe dos clases de fe en su epístola. Contrasta una fe viva y genuina, que compara con una fe muerta y falsa que sólo da una falsa esperanza. Santiago está advirtiendo a los que profesan ser cristianos, cuya fe es estéril y sin fruto, que son tontos si no reconocen que su fe está muerta e inútil (Santiago 2:17, 20).

Sólo una fe genuina da fruto. La fe sin obras es la fe de los demonios, el mero asentimiento intelectual sin arrepentimiento. Cuando Santiago dice: "muéstrame tu fe", está pidiendo pruebas de su nueva vida en Cristo (Santiago 2:18). Puesto que la fe es invisible, no puede ser vista por otros hombres, del mismo modo, nadie puede ver una racha de viento, pero se pueden ver sus efectos. La verdadera fe es justificada por aquellos que son "hacedores de la palabra y no tan solamente oidores” (Santiago 1:22). Es por eso que Santiago dijo: “Yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18).

Entonces, pongamos atención que las buenas obras sin fe son obras muertas, carentes de raíz y principio. Todo lo que hacemos por fe es realmente bueno, porque se hace en obediencia a Dios, pero cuando no hay fruto es como si la raíz estuviera muerta. La fe es la raíz, las buenas obras son los frutos y debemos ocuparnos de tener ambas. Esta es la gracia de Dios por la cual resistimos y a la cual debemos defender. No hay estado intermedio. Cada uno debe vivir como amigo de Dios o como enemigo de Dios.

Vivir para Dios, que es consecuencia de la fe, que justifica y salvará, nos obliga a no hacer nada en su contra sino a hacer todo por Él y para Él.

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