01 septiembre 2012

Médicos, Enfermeras y Capellanes


En la entrada del hospital “S. Giacomo” de Roma, está esculpida la siguiente frase: “Ven para ser sanado, si no sanado al menos curado, si no curado al menos consolado”.
Las tres palabras: “sanar”, “curar”, y  “consolar”, proponen varios horizontes de salud y de esperanza. Los profesionales sanitarios, los enfermos y los familiares centran  su atención en uno de estos, generalmente en la recuperación física, dejando de lado o minimizando el valor de los otros.


Si  examinamos los trabajos de las diferentes profesiones, podemos decir que los médicos se preocupan sobre todo de “sanar”, las enfermeras de “curar” y los capellanes de “consolar”. A la luz de su preparación técnica y científica, los médicos se sienten llamados en primer lugar a la tarea de sanar, a través de diagnósticos, operaciones quirúrgicas o terapéuticas, tienden a dar salud a quien está enfermo.
La preocupación de las enfermeras es de curar y aliviar el sufrimiento respondiendo a las necesidades físicas, mentales y psicológicas del enfermo.
La contribución del capellán se centra en consolar, dar ánimo y apoyo para que el enfermo sea fuerte en la situación que vive. Confortar, aliviar la aflicción al enfermo, y llevar esperanza, que le permitirá al enfermo tener paciencia en los momentos adversos, compartiendo mediante gestos de cercanía y solidaridad el mensaje del amor de Dios.
Parece evidente que el enfermo lo primero que  busca apasionadamente es la salud, pero quizás de lo que está necesitado es de salvación.  El trabajo desarrollado por médicos, enfermeras y capellanes es de suma importancia, pero ante todo como cristianos reconocemos que sólo Dios puede dar al enfermo esa palabra, ese conocimiento acerca de El mismo, que les ayudara  a aceptar gustosamente el dolor, la debilidad, la angustia. Dios es el Padre de misericordias y Dios de toda consolación, (2 Corintios. 1.3).

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