13 agosto 2011

El Privilegio y la Resposabilidad

Cada privilegio conlleva una responsabilidad. No podemos tener una sin la otra. Si quiero disfrutar del privilegio de un coche, necesito mantenerlo en buenas condiciones; si quiero casarme, debo cumplir con los deberes matrimoniales; si quiero trabajar, he de ser responsable y cumplir con lo que se me asigne.

Nosotros como cristianos tenemos un privilegio, somos Hijos de Dios, entonces, ¿Cuál es nuestra responsabilidad en relación con este gran privilegio? : Servirle, involucrarse en las cosas de Dios, servir en la iglesia donde uno asiste. Los apóstoles que Cristo llamó, los preparó y los envió a servir. Así que, si queremos disfrutar del privilegio, debemos aceptar la responsabilidad. Pero esa responsabilidad la tenemos que hacer lo mejor posible, es decir de acuerdo con el plan de Dios.

El privilegio de Pablo era haber tenido un encuentro personal con Cristo, y la responsabilidad en la vida de Pablo era glorificar a Dios y traer gente a Cristo. Por esta razón se mantuvo libre de cualquier posición filosófica, teológica o atadura material que tendiera a apartarlo de su responsabilidad; se impuso una disciplina estricta para lograr su objetivo

Pablo dice que tiene la libertad para acomodarse a cualquier situación,

Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él.

(1 Corintios 9.22-23)

No podemos llegar a ninguna clase de evangelismo, o de amistad, sin hablar el mismo lenguaje y pensar las mismas ideas de otros. Pablo, el modelo de misioneros, que ganó a más personas para Cristo que ningún otro, se dio cuenta de lo esencial que es hacerse todo a todos. Una de las mayores necesidades que se nos presentan es la de aprender el arte de entendernos con la gente; y el problema más grave es que, la mayor parte de las veces, ni lo intentamos.

Para ello Pablo nos da varios principios importantes para el ministerio:

(1) Encontrar puntos comunes con las personas que nos relacionamos.

(2) Evitar la actitud del sabelotodo.

(3) Procurar que los demás se sientan aceptados.

(4) Ser sensibles a sus necesidades y preocupaciones.

(5) Buscar oportunidades para hablarles de Cristo.

Estos principios que fueron tan valiosos para Pablo, hoy son valiosos para nosotros mismos.

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