12 agosto 2018

Gospel that Gospel?


Cuando intentamos predicar las Buenas Nuevas de Jesucristo y las personas salen corriendo asustadas, en vez de escucharnos, es que algo no estamos haciendo bien. Hay un ejemplo muy claro en todo esto, por un lado el incidente que ha ocurrido esta semana en Valencia, (España) donde unos cristianos intentaban predicar el evangelio en el metro y lo único que lograron fue asustar a los viajeros hasta el punto que pudo haber ocurrido una catástrofe. 


En el lado opuesto están los hermanos de la red box (caja roja) que todos los días se echan a la calle nada más y nada menos que en plena Puerta del Sol en Madrid, lugar frecuentado por infinidad de turistas, y en el cual las personas se agrupan para ver y oír de una manera, sencilla y agradable a los ojos y oídos el mensaje de la Cruz.
Con esto no pretendo censurar ningún mensaje, simplemente es que como cristianos es algo que no tiene que preocupar, porque con esos sucesos lo único que logramos es un descrédito de los cristianos y de la Iglesia. Se nos crítica y una de las principales acusaciones, es porque la sociedad no percibe coherencia en las palabras que queremos trasmitir.

Compartir el Evangelio en estos tiempos donde la sociedad llama bueno a lo malo, y a lo malo llama bueno, (Isaías 5.20) es difícil, y si encima hay  demasiados predicadores “evangélicos” que no enseñan el verdadero evangelio, que hablan medias verdades en vez de hablar la verdad completa, enseñan cosas secundarias que no son el evangelio como si fuesen el evangelio, doctrinas basadas en versículos sacados fuera de contexto como si fuesen el principal mensaje de Dios y enseñanzas de hombres como si fuesen el evangelio, pues nos encontramos con escenas como las ocurridas en valencia.

Si nuestro anhelo es predicar el Evangelio debemos saber que nuestro trabajo es: 

Proclamar el mensaje de salvación a través de Jesucristo (Romanos 10:9-10).

Estar siempre preparado para hablar de nuestra fe (1 Pedro 3.15), eso sí, haciéndolo con respeto y gentileza.

Y por último, debemos dejar la salvación a Dios, (1 Corintios 3.6).  Es el poder y la gracia de Dios la que salva a la gente (Efesios 2.8), no nuestros esfuerzos, ni nuestras maneras.

Necesitamos conocer profundamente el evangelio, asegurarnos de que no estamos predicando un falso evangelio y amar cada día más el evangelio. Esto es esencial para poder impactar a las personas, y que estas reconozcan al Señor como Salvador de sus vidas.

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