26 enero 2013

Desde el púlpito


He recibido (no sé porque), una información sobre la venta de púlpitos para las iglesias. Pensando en estos objetos los hay más o menos elaborados, los hay para todos los gustos, desde los más apoteósicos y adornados, hechos con madera de roble y tallados al más puro estilo barroco del siglo XIV, con incrustaciones en oro y piedra jaspe, hasta los más ordinarios, improvisados con cajas de madera y cubiertos con sabanas blancas. 


Siempre recordare a un gran hombre de Dios que para predicar se sentaba en una silla y ponía otra delante que le servía de púlpito.  Lo que si tenemos que tener claro es que deben ser vistos como piezas de mobiliario, cuyo principal propósito es servir de  plataforma para poner la Biblia y nuestro cuaderno de apuntes, bueno ahora ya el Ipad.
Me gustaría compartir lo que creo que debe y no debe ser el púlpito. No debe ser un lugar de promoción personal, ni para descalificar a nadie, no debe ser un lugar  para atacar a las personas, denigrar su imagen, humillar. El púlpito no es un lugar para exponer la vida de otros, no debe ser utilizado para enviar mensajes a alguien, el púlpito tiene que ser solamente para predicar a Cristo y a este crucificado. La gloria de la cruz debe destacar por encima de todo lo demás. Los atributos personales del predicador son irrelevantes en un lugar como este. 
Cuando Pablo escribe su primera carta a los Corintios, (cap. 2, vers. 1-5), les recuerda que se puso delante de ellos no, con un discurso muy elaborado, de la sabiduría y el conocimiento humano, sino con demostración del poder  y del Espíritu. No necesitamos púlpitos llenos de elocuente pero vacío de poder de Dios, el púlpito debe ser por excelencia  un lugar donde se predica todo el consejo de Dios con claridad y firmeza con el fin de tener una aplicación práctica en la vida de los oyentes. El predicador no se sube a un púlpito para otra cosa que no sea la de, motivar, estimular, consolar, y predicar la buenas nuevas del Evangelio de Jesucristo. 

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